Ayer mis amigos me sacaron a rastras de la cama, literalmente, para llevarme a ver V de Vendetta. Los últimos días me había negado a levantarme, odio esa maldita silla y total, para lo que tengo que hacer.
No voy a comentar la película, con mis pulsaciones actuales tardaría eones y no me apetece. Si hubiese leido el comic su intención me hubiese resultado clara, ahora es evidente qué parte de la película querían que viese. No obstante el tiro les ha salido por la culata. Creían saber cómo iba a reaccionar pero se equivocaban; lo que creían saber se refería a la antigua Bethleem, los cambios que he sufrido no sólo han sido físicos.
Sin embargo sí me ha hecho reflexionar, aunque ya digo que no en la línea que esperaban.
Durante estos días todo el mundo ha intentado darme ánimos con argumentos que giran en torno a dos piedras de toque: mis hijas y la capacidad que conservo para seguir disfrutando de algunas de mi pasiones.
En lo tocante a mis hijas, no entienden nada. Por experiencia propia sé que es mejor perder a una madre que sufrir a una que se limite a transmitirte su amargura. Su muerte duele, también se supera, siendo los daños más localizados y fáciles de sanar. Convivir con una persona en mi estado puede causar daños de difícil reparación por puro desgaste. No, mis hijas no me necesitan así, no en este estado.
Del otro grupo de argumentos ni voy a opinar. ¿Cómo disfrutar de nada cuando no tienes ganas ni de abrir los ojos por la mañana? Al menos en mis sueños aún puedo caminar.
Todos esos elementos conforman clavos ardientes a los que intentar agarrarse para seguir adelante, fútiles a medio plazo. El problema está dentro de mí y es ahí donde debe radicar la solución. De nada sirven las excusas exógenas para seguir adelante si interiormente soy un cadaver.
En los últimos meses he ido poco a poco traicionando todos y cada uno de los principios de mi código. Desde la muerte de Simone todo ha sido una caída en picado hacia la desesperación absoluta, golpe tras golpe, sin descanso, en la mayor ofensiva contra mí que jamás había desplegado el cruel destino. Hace tiempo que he cedido mi última pulgada, he permitido que los saqueadores entren hasta la cocina y arrasen el cajón de las galletas.
Ayer, tras el speech de la pulgada miré mi mano en la penumbra de la sala. No había en ella víscera alguna. No tenía pues derecho a rendirme, las peleas no se pierden hasta que te ves las tripas en la mano, decía mi añorada Simone.
El problema está en mí. He perdido la confianza en mí misma, mi autoestima, mi fuerza interior. Soy una carcasa vacía. Y me reitero: una cobarde. El motivo de mi cobardía no es ya el no haber tenido el valor de suicidarme, no, es el siquiera haber contemplado la posibilidad de escoger el camino fácil.
Creo haber entendido finalmente lo que me sucede: ya no me conozco. No sé qué puedo y no puedo hacer, hasta donde han retrocedido mis actuales límites. Y creo saber cómo resolverlo. Necesito caer un centenar un veces para volver a levantarme las cien, llorar, patalear, dar rienda suelta a mi ira y mi frustración, perder la cordura y volver a recuperarla de nuevo. Necesito un reseteo duro y un análisis detallado de las nuevas condiciones del sistema. Necesito saber que si me caigo de la silla puedo volver a ella sin ayuda, me lleve el tiempo que me lleve.
Y no puedo hacer nada de eso en casa, rodeada de gente dispuesta a ayudarme en todo. De forma que he tomado una determinación. Me voy, sola y por mis propios medios, hasta mi cabaña en los Alpes. En este momento no se me ocurre ningún otro entorno más exigente y apartado para realizar la prueba. Sólo mis hijas han estado allí y no tienen la más remota idea de cómo llegar, no habrá molestias ni ayudas indeseadas. Un mes, al estilo de mis tradicionales DEAs, sin electricidad, sin agua corriente, al margen del mundo. Si lo consigo estaré preparada para seguir peleando; si fracaso, al menos me habré quitado de enmedio de forma discreta; en ambos casos todo son ventajas.
Como era de esperar, todo el mundo me dice que no lo haga, que no tengo aún las habilidades necesarias, que no vaya a hacer una estupidez, que no es buena idea, que no vaya sola. No confían en que lo pueda conseguir. No les culpo, yo tampoco confío en mí. Aunque miento, sí hay una persona que no sólo piensa que es lo correcto si no que creé que lo lograré; y tiene bemoles que no sea yo, quizá siempre ha sabido leer en mí mejor que la que esto escribe.
Lo único que sé es que siento que debo hacerlo y que tiene que ser ya. Triunfe o fracase, pretendo presentar batalla; no va a ser un simple viaje de despedida, va a ser el principio de una nueva etapa, dure lo que dure.